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Categoría: Biblioteca al habla ...
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Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de  los sesos, sé que eso es poesía. Emily Dickinson (1830- 1886).

Empiezo este comentario con una cita que da cuenta perfecta de lo que Emily Dickinson fue para las letras. Así de tremenda resultó ser la mujer que adoraba las flores, con las que llegó a entenderse mejor que con algunas personas, la poeta sola, atrincherada en algún rincón de su cuarto inaccesible, la mujer instruida y rebelde hasta la saciedad, perseverante y extraña, de difícil e inexplicable carácter. Trascendente a pesar de no contar lo extraordinario, sino lo próximo y común. La escritora luminosa y complicada, sorprendente y astuta.

 

Emily Dickinson pertenecía a una familia de prestigio, su padre era juez y tenía poder e influencia en la pequeña aldea de Nueva Inglaterra en la que ella pasó toda su vida: Amherst.

Pasó parte de ésta en un seminario femenino donde aprendió mucho de Latín, Griego y sobre todo de Botánica, su pasión. Pertenecía a la religión protestante que tanto le influyó y cuya doctrina se desprende tan claramente de sus poemas. La vida y la muerte la atormentaron desde muy joven y a pesar de  no haber salido jamás de su pequeña aldea primero, de la casa familiar más tarde y de su dormitorio los últimos tres años de su vida, el cerebro, más ancho que el cielo, como acostumbraba a decir, la llevó más lejos que si hubiera hecho todos los viajes alrededor del mundo común.

Perteneciendo a una sociedad tan puritana, imagino que la fantasía, la curiosidad por instruirse y saber y la expresión representaron la única ventana  a través de la que escapar, más allá, mucho más de lo habitual. Su educación fue mucho más profunda que la de las demás mujeres de su tiempo y lugar.

Parte de sus poemas se dedican a las personas que amó, de las que poco se sabe, pues nunca mencionó sus nombres.

Los críticos y estudiosos de su obra, señalan como influencias a tres personas con las que mantuvo una relación profunda y apasionada, si no a los ojos convencionales de su alrededor, al menos sí en lo que a sus escritos se refiere: una fue su cuñada, que vivía en la casa contigua a la familiar y que fue toda su vida su confidente y amiga, amor correspondido a juzgar por los que han trabajado su obra. Los otros dos serían un estudiante de Ciencias Jurídicas, ayudante de su padre, y un pastor protestante. Con  ellos mantuvo una relación mucho más cercana que con el resto de personas que la frecuentaron. El primero le dio a leer al poeta y ensayista Emerson, gran referente para la autora, el segundo, al alejarse de ella, la sumió en una profunda crisis, que la hizo más particular aún de lo que ya era. También fue muy importante en su vida su hermana Lavinia, tres años más joven que ella, a quien debemos el conocimiento de sus muchos poemas.

Nunca se opuso a que la gente la leyera, sí a publicar sus poemas, que no se conocieron en vida, sólo seis de un total de casi 2000 se publicaron en un diario durante su existencia.

Me la imagino caminando sola con su largo vestido blanco por los campos que rodeaban la casa familiar, observando cada detalle de la naturaleza, cada sonido y olor, atraída por la diversidad de las flores y curiosa ante la belleza natural. Estaba fascinada por los insectos, de entre ellos, sus favoritas: las abejas.

Hacer una pradera requiere un trébol y una abeja.
Un trébol y una abeja
y el ensueño.
Si las abejas escasean,
basta el ensueño.

De esta manera, en el paseo diario debió de forjarse una de sus obras maestras, The snake:

A narrow Fellow in the Grass
Occasionally rides –
You may have met him – did you not
His notice sudden is –

The Grass divides as with a Comb –
A spotted shaft is seen –
And then it closes at your feet
And opens further on –

He likes a Boggy Acre
A Floor too cool for Corn –
Yet when a Boy, and Barefoot –
I more than once at Noon

Poco antes de morir sin embargo, pareció interesarse por la publicación de sus poemas y envió a su editor, Thomas Higginson, siempre insistente por su escritura, sus poemas, con la siguiente pregunta: ¿Podría hacerse un momento para decirme si mis poemas tienen vida?

Este le pidió adaptarlos a las normas de la época, sus poemas usan los signos de puntuación y las normas de ortografía de manera poco convencional. Ella se resistió a corregirlos, así que nunca se publicaron. Según él: Nunca se atrevió a usarlos.

Para cuando Emily decidió recluirse empezó a vestir extrañamente de blanco y su fobia y aversión a la gente era más que evidente. En sus últimos quince años de vida, nadie la volvió a ver, mantenía conversaciones con las visitas a través de la puerta de su cuarto. En él pasó sus últimos tres años de vida, escribiendo cartas (Una carta se me antoja siempre parecida a la inmortalidad, porque la mente está sola, sin compañero corpóreo) cuyos sobres adornaba con poemas cortos, los famosos “envelope poems”:

¿Pero no son

todos los hechos

sueños

tan pronto como los

hemos superado?

Cuando murió su sobrino, a quien adoraba, pasó el verano de 1884 en una silla de ruedas con el mal de Bright, nefritis aguda que también acabó con Mozart.

Pasó de la inconsciencia a la muerte, el 15 de mayo de 1886. Tenía 56 años.

Su hermana descubrió 40 volúmenes encuadernados a mano: 800 poemas que nadie conocía.

¿Habrá realmente un mañana?

¿Habrá una cosa semejante al día?

¿Podría verlo desde las montañas

si yo fuese tan alta como ellas?

 

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