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Categoría: Biblioteca al habla ...
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IMAGEN: ANTHURIUM, GEORGIA O´KEEFFE (1923)

Uno siempre está condicionado por los recuerdos de infancia y de juventud.

AGUSTÍN GÓMEZ ARCOS

Solo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás.

ANTONIO MACHADO

Me veo claramente si miro detrás.

SILVIO RODRÍGUEZ

En tu casa no había libros, entiendes que pasara esto porque entonces la vida de tus padres se limitaba a sobrevivir trabajando hasta la saciedad.

Tu padre era listo, era alegre, digno hasta decir basta, tenía una letra alargada como la que tú tienes ahora, pero más limpia, clara, no como la tuya, que siempre se te antojó ilegible, quizás porque no querías que los otros te descubrieran y te escondías entre los signos buscando afirmarte en tu singularidad, queriendo siempre la dificultad o expresándola en la caligrafía para que nadie te viera; la de tu padre, inclinada levemente hacia la derecha, siempre te recordó a un árbol a punto de caer, pero sin hacerlo nunca. Cuando firmaba, y lo hacía a menudo, perfilaba suavemente las letras sin levantar el bolígrafo del papel, insistiendo en cada grafía, procurando belleza, parecía que dibujaba, admiraba la perfección de sus trazos y las letras, juntas, daban cuenta de la armonía de su carácter, de la nitidez de su mirada, que a ti te transmitía calma y seguridad en tu corazón de niña solitaria.

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A él le gustaba leer el diario, se ponía unas gafas marrones de pasta gruesa, que hoy sabes que casi nunca graduó, entonces no había lugar para otra cosa que no fuera imprescindible y esto no lo era. Se informaba en los bares y luego comentaba, te comentaba, las noticias que habían llamado su atención, sobre todo políticas, sobre todo de felicidad, la de poder decir lo que le venía en gana, ahora comprendes que tu padre se calló muchas cosas, las mismas que te atormentan y te entristecen hoy, como la pérdida tan prematura de su familia y el dolor de estar solo en el mundo desde muy chico.

Tenía varias novelas que más tarde releíste muchas veces porque eran las únicas que había en tu casa. Una de ellas trataba sobre hombres marginales que buscaban venganza por las estepas doradas de lugares desconocidos y lejanos para ti, Yo no soy un forajido, cuántas veces te preguntaste qué significaba esa palabra que el narrador negaba y que a ti se te antojaba casi prohibida.

A tu padre le gustaban las novelas del Oeste, también las películas del Oeste y nombraba a los actores que participaban en ellas juntando el nombre y el apellido, no decía Burt Lancaster, sino Burlancaste. Te encantaba ver esas películas con tu padre, él no paraba de hablar mientras las veíais comentando asombrado las escenas y tú te enfadabas con él, porque así no podías entender el argumento, que, sin embargo, resultaba bastante previsible:  era la venganza, cabalgando por esas estepas doradas, afirmando la fuerza del carácter de los personajes solitarios y desvaídos que portaban pistolas en sus cinturones y que, orgullosos y soberbios, se empeñaban en buscar a sus enemigos para hacerlos desaparecer bajo una extraña atmósfera de vendavales y sequedad, acompañada de una música solemne, que surgía de la nada en los momentos importantes.

Había otro libro, que siempre sospechaste más elevado y literario, Las aventuras amorosas de Moll Flanders, de Daniel Defoe. La edición venía acompañada de fotografías en blanco y negro, probablemente de una de sus versiones fílmicas (entonces no lo sabías), que tú repasabas una y otra vez entusiasmada con la belleza del personaje, una mujer libre, decidida y muy sensual; Moll Flanders emanaba poder, era muy distinta a las mujeres que conocías.

Tu padre cerraba las bolsas de plástico de una manera que te avergonzaba mucho cuando eras adolescente. Pensabas que esos nudos solo los hacía la gente de pueblo, la gente sin nombre, y la adolescencia ya sabemos que es un periodo desesperanzador que solo busca cuestionar y que rechaza estereotipos, la tuya además fue desesperadamente rebelde, pasaste de consentir a rechazar, de decir a esconder, de mirar a buscar, así que tú deshacías aquellos nudos que te parecían primitivos en cuanto te acomodabas en el autobús al que siempre te acompañaba tu padre cuando ibas a Cádiz, a la Facultad. Lo veías a lo lejos apenas el bus echaba a andar, tu padre te miraba alejarte y levantaba la mano en señal de despedida, veías cómo él que era alto y grande, se hacía cada vez más chico y experimentabas sentimientos encontrados, como de nostalgia del futuro en el que tu padre no estaría (¡ay, si entonces lo hubieras sabido!), también tenías una sensación parecida al miedo, y el claro alivio de encontrarte libre al fin por no estar ya en el pueblo, que en esos momentos se te hacía intensamente asfixiante.

Tu padre no tenía coche, nunca aprendió a conducir, se desplazaba en una bicicleta grande, destartalada y vieja. En ella salía a su trabajo, con un cesto de comida que tu madre preparaba para su almuerzo cuando aún no había despuntado el día. De vuelta de su jornada laboral, de noche casi siempre, estabas atenta para escuchar su voz que os llamaba a las dos desde la entrada de la casa para que le abrierais las dos hojas de la puerta y así poder pasar con holgura: Ouvre la porte, decía mientras os invocaba a voces y tu madre o tú corríais presurosas a ayudarle. Casi siempre traía bolsas cargadas de verduras, frutos secos o algarrobas, tus preferidas en aquel tiempo. Y hablaba así, en un francés bastante literal, con acento muy andaluz, porque cada fin de verano tu padre os dejaba para trabajar de jornalero en la vendimia francesa, no le gustaba dejaros solas, pero no había otro remedio, decía.

Tú esperabas ansiosa su vuelta porque echabas de menos su risa, sus chistes malos, sus bromas, su felicidad constante y entonces, cuando no estaba él, todo se volvía oscuro y aburrido, silencioso y pesado, tal era su capacidad de ánimo y alegría. Tu madre, que era muy temerosa, guardaba algunas ropas en una maleta y se iba, os ibais a dormir acompañadas a la casa de tu tía que vivía solo unas calles más allá de la vuestra. A ti te incomodaba compartir dormitorio con tus familiares porque siempre te gustó estar sola, tus miedos no venían de ti, ni siquiera de fenómenos que pudieran resultar extraños, a ti te daban miedo los otros. Tal vez pensabas que debías estar en casa por si tu padre volvía inesperadamente. Entonces echabas de menos las tortas fritas con las que despertabas casi cada domingo. Tu padre las preparaba sagradamente para ti, antes de levantarte, en la cama, el olor a aceite te despertaba el hambre y la alegría, bajabas las escaleras que separaban tu dormitorio de la cocina y allí estaba él acompañado de su música favorita, canciones de una España triste y desahuciada en la voz de Antonio Molina o Perlita de Huelva. De vuelta de Francia, tu padre regresaba con una mirada huidiza, aunque el entusiasmo del regreso a casa os hacía, te hacía olvidar sus ojos cansados porque, como si no hubiera pasado el tiempo, tu padre volvía a ser él, y, como el muñeco tentempié que te trajo de uno de sus viajes franceses, siempre estaba erguido agradeciendo cada trozo de comida, cada instante simple, por básico que fuera. Tu padre sabía agradecer la vida.

Cuando tu madre leía, lo hacía silabeando, deteniéndose muchas veces, perdiéndose entre las líneas a pesar de seguirlas con el índice, porque ella apenas sabía leer y tampoco escribir, casi no entendía los signos y nunca fue a la escuela, como tu padre. Aprendió sola y por necesidad y tuvo que cuidar de sus hermanos menores. Ella era la mayor. Su letra era amplia, redonda, con una mala ortografía, escribía güebos porque así se pronunciaba esta palabra. La letra de tu madre contaba recetas dulces de postres antiguos: roscos fritos, empañadillas de cabello de ángel, pestiños (los llamaba borrachos), ella tenía buena mano para este tipo de cocina y como en tu casa no había horno, se reunía con otras vecinas para ir a la panadería del pueblo, allí se juntaban para amasar y preparar aquellas delicias y a ti te gustaba mucho ese momento porque tu madre, que era una mujer seria y austera, estaba contenta, nada le gustaba más que socializar. Nunca te enseñó a elaborar aquellos dulces, Tú no puedes perder el tiempo, tienes que estudiar, decía.

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Tu madre era mujer de la limpieza, sabías que era una de las mejores del pueblo, una de las más demandadas. Tú siempre la acompañabas a su trabajo, te llevaba con ella porque no tenía dónde dejarte; en esas casas en las que tu madre trabajaba tanto, allí, sí que había libros. Recorrías las esquinas de las bibliotecas buscando títulos que te interesaban, casi todos te llamaban la atención, ahí estaba La campesina de Alberto Moravia, El lobo estepario de Herman Hesse, Las olas de Virginia Woolf, o la colección de tebeos que poco a poco fuiste leyendo, todas esas lecturas llenaban tus horas de espera, largas, porque tu madre necesitaba tiempo, mucho, para acicalar esos hogares de sillones mullidos, de televisores en color, de jardines amplios y luminosos, de mesas de madera enormes y atestadas de documentos que tú no entendías. A tu madre le ofrecían los libros para ti, este puede leerlo tu hija, decían, ella puede llevarse los que quiera, y tú lo hacías entusiasmada devolviéndolos una vez leídos a las estanterías ajenas porque esos libros no te pertenecían, en tu casa no había libros, salvo dos de tu padre y tu tesoro de la infancia: un cuento, el primero que te regalaron y que fue lo único tuyo, que tu hermana, mayor que tú y sus amigas te habían regalado cuando solo tenías seis años: La ratita presumida y El sastrecillo valiente, un ejemplar de gran tamaño, plagado de dibujos sencillos e infantiles que contaba la historia, tu preferida, la del empoderamiento de una ratita que hacía lo que venía en gana, creyéndose con todo el derecho a elegir lo que quería.

Y también hubo otros pocos, eran libros que tu hermana dejó en la casa cuando, muy joven, se fue a estudiar con una beca a Jerez. Tu hermana ya no volvió más, y tú los guardaste como un nuevo tesoro al que se unirían otros más que tu madre te compraba, previamente encargados, en la única papelería del pueblo, ella y tu padre, solícitos y entregados, nunca desdeñaron comprarte los libros que querías para tus estudios y que junto a los pocos que había en la casa empezaron a conformar algo parecido a una pequeña biblioteca que tú cuidabas orgullosa y contenta; dispuestos en un rincón de tu dormitorio allí estaban los libros de Unamuno: Amor y pedagogía, Vida de Don Quijote y Sancho, también Los cipreses creen en Dios, de José María Gironella o La casa de Bernarda Alba, de Lorca. Más tarde procuraste al bendito Círculo de Lectores, cómo te gustaba ver venir al encargado a tu casa, dos grandes tomos que inundaron las interminables y aciagas tardes estivales: El pájaro espino y Flores en el ático.

En aquel tiempo también había lugar para la poesía, que siempre te fascinó por su inmediatez, con su lectura ibas entrenando la sensibilidad y la dicción, siempre leías en voz alta una y otra vez, los mismos versos, impostando tu voz que entonces se te antojaba demasiado infantil y que tú transformabas de manera aplicada. Los poemas también estaban en la música cuando, gratamente asombrada por la grandísima admiración que empezabas a sentir descubriste a Serrat y a sus poetas, los tuyos: Machado y Miguel Hernández, Yo voy soñando caminos de la tarde, Ejército de hormigas en hilera va trepando por él y en sus entrañas urden sus telas grises las arañas, Llegó con tres heridas, Menos tu vientre, todo inseguro, todo imposible

Alternabas entonces la voz pausada y cálida de Serrat con otra más aguda, sabia, la de González Lucini y su inolvidable programa radiofónico, que tanto te enseñó.

Cuando descubriste la amable generosidad de la biblioteca, los caminos de la tarde se dirigían siempre a la otra punta del pueblo, porque allí estaba el edificio que tanto frecuentaste. Te sentabas entre las mesas solitarias y silenciosas ojeando las imágenes queridas de los libros de arte, tus favoritos, luego repasabas cada estante, buscando aquellas nuevas historias con las que llenar cada eterno día de tu vida de joven que solo conocía el espacio inmediato de tu pueblo de la sierra. Te quedaste mucho tiempo con un ejemplar de Tristam Shandy porque era un libro que se te resistía, el día que lo devolviste tras tantas llamadas de atención por parte de la encargada, de mirada apagada, de movimientos lentos y de pocas palabras, pero muy eficaz, te sentiste especialmente huérfana de las aventuras locas del personaje de Sterne.

¿Qué te daba entonces la lectura? Para ti era una obsesión, porque estabas sola y únicamente  ahí encontraste el cobijo necesario, que no estaba entre la gente, ni en los grupos de jóvenes que cada fin de semana te llamaban para salir, no, tú encontraste tu lugar seguro entre las páginas de todos los libros del mundo, allí había historias que desconocías pero que te interesaban y entendías, allí había gente a la que querías, a pesar de sus dificultades, muchas veces espantosas, ahí Raskolnikov, Werther, Bovary, Ana Ozores, la triste y ajada Pitusa de Fortunata y Jacinta, ahí tú dabas con las soluciones a todas las dificultades, que otros como tú, tenían. Las buscabas, te buscabas entre sus palabras y reflexiones y revolvías entre los escombros de una parte de tu vida que estaba quedándose atrás, la de tu adolescencia de niña insegura, acotada en un espacio estrecho, desencantada de lo evidente y esperable, que quería ver otros mundos y que estaban allí, en esas páginas infinitas. Entre muchos libros te llamó la atención La sombra del ciprés es alargada, había en el personaje principal, Pedro, una actitud que se parecía a la tuya, una manera de salir de los obstáculos que iba más allá de lo esperable entonces y eso te gustaba mucho porque al mismo tiempo descubriste el espacio desconocido e inseguro, terrible y amenazador de la selva en La hojarasca o Los pasos perdidos, que no entendías del todo, pero que te atraía profundamente, te perdías entre la lengua angosta, plagada de vocabulario complejo cuyo significado desconocías, pero no importaba, a ti te gustaba leer, hasta sin entender del todo lo que leías. Aprendiste mucho entonces del personaje de García Márquez, Relato de un náufrago, admirabas su fuerza y tesón de lucha con la naturaleza, que nunca lo aniquiló. Tú querías ser como él. Y también como el Conde de Montecristo, resiliente y bondadoso, a pesar de la envidia y decepción infligida por sus seres queridos. El tiempo, que sepultó a Edmundo Dantés en el olvido, también le dio la oportunidad de afirmarse olvidando la venganza y ejerciendo el perdón sobre aquellos que lo traicionaron injustamente. Su historia, para ti fue una epifanía grandiosa, bella y esperanzadora.

Siempre te gustaron esos relatos, todos los que cada día de tu vida te proporcionaban compañía e identificación, los que te daban motivos de saber actuar.

Los domingos cambiabas la ficción por una realidad más directa, la que necesitabas en aquel momento, leías el diario El País, que tu madre te compraba considerando esto parte de tu estudio, qué sabía ella, y cada lunes llegabas al instituto cargada de nuevos relatos, esta vez no ficticios. En ellos buscabas ansiosa los artículos de los autores que empezabas a conocer admirando sus perspectivas, (Marías, Montero, Millás), su eterna sabiduría, y que se convirtieron en reflexiones que tú querías poseer.

Años después de todo esto, cuando tu padre solo fue un recuerdo doloroso y triste, cuando la memoria de tu madre se había agotado en la decepción de la pérdida y ella te hacía preguntas incongruentes que tú aprendiste a responder, solo entonces, mientras la acompañabas de nuevo en los días de un futuro que jamás pensaste, y que, como tu infancia, no acababa nunca, estabas como siempre con un libro entre tus manos y ella, insistente, te miraba y te decía: ¡Qué difícil los estudios, hija! Y tú, algo llorosa, pero segura, le respondías firmemente, levantando mucho la voz (tu madre se había quedado casi sorda por la diabetes):

CHARO CALVELLIDO

BLUE MORNING GLORIES, GEORGIA O´KEEFFE (1935)

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