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Categoría: Biblioteca al habla ...
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Los pasos de un hombre no pueden crear una estampida

PROVERBIO IGBO

En la literatura no hay una única verdad, sí puntos de vista que nos hacen acercarnos desde nuestra óptica al mundo que nos rodea. La literatura no aporta soluciones, pero nos obliga a reflexionar sobre nuestros pensamientos y emociones y a conocer otros mundos que, aun no habiéndolos visitado en directo, se nos aproximan como si lo hubiéramos hecho. La literatura, parafraseando a Robe Iniesta, nos ensancha el alma.

Es esta la primera idea que se nos viene a la mente tras leer este libro, Los pescadores, lectura de marzo en nuestro Club de Lectura Ítaca, porque todo lo que se cuenta en él resulta lejano al mundo occidental y sin embargo una vez acabada su lectura, la sensación de haber estado allí se hace cada vez más cierta.

Su autor, Chigozie Obioma (1986), es de origen nigeriano, actualmente profesor de Literatura creativa en la universidad de Nebraska- Lincoln, y este, sorprendentemente, fue su primer libro, escrito a los 28 años y finalista del Premio Booker en 2015. Cuando hablamos de sorpresa, lo hacemos porque el libro resulta tan auténtico y tan bien escrito desde el punto de vista literario, que parece casi imposible para un escritor tan joven y con tan poca experiencia entonces.

Se nos cuenta en la novela la historia de una familia de clase media que vive en un pueblo del suroeste de Nigeria, Akure. La acción se sitúa entre los años 90 y 2000. Como en una tragedia griega se narra un destino trazado de manera cruel del que es imposible evadirse.

Cuando el padre de esta familia, que trabaja para el Banco Central de Nigeria, es trasladado a otro lugar, la familia compuesta por cinco hijos y una hija, queda a cargo de la madre y así, libres de la severidad sumamente autoritaria del progenitor, los chicos deciden hacer lo que les viene en gana. De esta manera, los cuatro hermanos mayores, quieren convertirse en pescadores, eluden las horas de escuela y emprenden aventuras de pesca en un río maldito, el Omi- Ala, símbolo de la desesperanza y adonde tienen prohibido ir.

Es allí, donde uno de los días en que los hermanos salen a pescar, encontrarán a un personaje depravado, con la mente trastornada, la mirada y la palabra perdidas y llevando tras de sí un pasado de acciones muy oscuras; se trata del loco, el demente Abulu, que les lanza una profecía maldita, comentándoles que uno de ellos, el mayor, Ikenna, será asesinado por uno de sus hermanos.

A partir de este momento, las desgracias más imposibles caen sobre la familia en una sucesión de capítulos que nos ponen en contacto con la imposibilidad de torcer nuestro destino. La narración está contada por el hermano pequeño, Ben, que ya adulto, pormenoriza en primera persona cada una de las historias ocurridas.

Destacamos la importancia de la tradición y superstición siempre en contraste con el deseo de modernidad. Destacamos la fuerza de una narración que simboliza en la familia el desarrollo social y político de este país africano, complejo, inestable y contradictorio. Destacamos la riqueza lingüística del contexto africano, donde conviven algunas de las lenguas autóctonas, yoruba e igbu, con el inglés pidgin, que se suceden alternándose de manera magistral a lo largo del relato.

De la misma manera, el lector/a conoce a fondo la desestructuración que rodea a los habitantes de este pequeño pueblo, la difícil tarea de sobrevivir a las intensas tradiciones de un lugar que soporta continuos cambios y desmoronamientos a través de la corrupción ( el autor en un momento de la narración se refiere a un libro de los años 50 que es todo un referente en el país: Todo se desmorona de Chinua Achebe ), la dejadez y austeridad de la justicia, la imposición religiosa, la dura y rigurosa educación, la diferencia en el trato de género, el escape liberador del fútbol, el populismo de los políticos…

Llama la atención el dominio del autor sobre la palabra, reflejado en extensos párrafos plenos de descripciones detalladas acerca de los sentimientos de los personajes, que no hacen otra cosa que mostrar acciones que reflejan el miedo, a perder el cariño de la familia, a las sentencias de los otros, a la pérdida, a la sinrazón. Nos encontramos, entre estas descripciones, algunas profundamente líricas y otras, por el contrario, abundando incluso en lo desagradable, escatológico, siempre de una manera muy elevada que nos hace a los lectores/as comprender las razones de actuación de cada uno de los personajes, un mapa de caracteres perfectamente diseñado para que entendamos cómo es ese país africano y que van evolucionando desde el horror a cierta calma que nos da un respiro más que necesario entre tanta calamidad.

CHIGOZIE OBIOMA

En esta novela todo, desde la acción más nimia, hasta la exacta configuración de los personajes, resulta metafórico, simbólico, vamos de la pérdida a la reconstrucción paulatina de un país que crece paralelamente a la familia. Ambos, país y familia, tienen en común la desesperanza y la falta de armonía, en el marco de una juventud carente de futuro donde la pérdida de la inocencia se muestra a través de sucesos incomprensibles para el mundo occidental.

Especialmente original y bella es la estructura del libro, que diseñada sobre 18 capítulos, destaca el comienzo de cada uno a modo de fábula y así representa a cada personaje o sentimiento de manera simbólica o animal: encontramos la figura del padre en un águila, la serpiente Pitón es Ikenna, el hermano mayor, la halconera es la madre, las arañas representan el miedo y la desesperación, el perro rastrero es el tercer hermano, Obembe, la mariposa nocturna será Ben, el narrador, finalizando con las garcetas, símbolo de la esperanza de un  futuro más amable sobre un final que el autor nos deja abierto.

En definitiva, leer este libro es recuperar la tradición oral a través del cuento como refugio y caracterizador de la realidad; aquí, a pesar de la crudeza de lo que se cuenta, prevalece la sensación de apertura y conocimiento de otros mundos, que también están en este y que merecen ser vistos.

Realmente se trata de una novela muy recomendable que nos hace ver una vez más que la lectura abre caminos, difícilmente transitables en este mundo tan rico y diverso.

FRAGMENTOS DESTACADOS DEL LIBRO:

  1. Descripción escatológica de Abulu El loco: (p. 221)

Su cuerpo transportaba una variedad de olores, el más perceptible era un olor fecal que me llegó como una ráfaga, como el zumbido de moscas, cuando me aproximé más a él. Apestaba a sudor acumulado en el interior de la densa mata de pelo alrededor de su zona púbica y sus axilas. Olía a comida podrida, a heridas no curadas y a fluidos y deshechos. Recordaba a materiales oxidados, materia putrefacta, ropa vieja. También olía a hojas, enredaderas, mangos podridos, la arena de las orillas del río, e incluso al agua misma.

  1. Descripción del miedo: (p. 106)

Oí decir una vez que cuando el miedo se apodera del corazón de una persona, la hace disminuir. Eso podía decirse de mi hermano, pues cuando el miedo se apoderó de su corazón, le robó muchas cosas: su paz, su bienestar, sus relaciones, su salud, e incluso su fe.

  1. Descripción sobre el poder de la lectura: (p. 193)

La mente de Obembe era la de un perro de rastro: una mente inquieta en permanente búsqueda de conocimientos. Era una persona que hacía preguntas, un investigador que leía mucho para alimentar su mente. El farol, la herramienta con la que leía era su gran compañero…. Como un animal omnívoro, almacenaba en su mente la información que obtenía de los libros. Luego, tras haberla procesado y podado hasta lo esencial, me la transmitía en forma de historias que me contaba cada noche antes de dormir.

  1. Descripción lírica de la esperanza: (p. 235)

La esperanza era un renacuajo. Lo que cogías y te llevabas a casa en una lata, pero que, a pesar de conservarlo en el agua adecuada, moría pronto. La esperanza de padre respecto a que creceríamos y nos convertiríamos en grandes personas, su mapa de sueños, murió pronto a pesar de lo mucho que lo protegió. Mi esperanza de que mis hermanos siempre estarían ahí, de que todos tendríamos hijos y seríamos un clan, aunque lo alimentásemos con las aguas más primitivas, también murió. Y así lo hizo la esperanza de nuestra emigración a Canadá, justo cuando estaba próxima a verse realizada.

Los pescadores, Chigozie Obioma; Madrid, Ediciones Siruela 2016