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Categoría: Biblioteca al habla ...
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IMAGEN: MUJER SENTADA CON LA PIERNA DOBLADA, EGON SCHIELLE 1917

El abismo que se cierne sobre este mes de octubre recién terminado, nos deja la tremenda memoria de la catástrofe sobre los trenes, el dolor de la pérdida de una anciana sin casa, que activa la realidad triste del grandísimo problema de la vivienda, la osadía de los políticos ante tanta barbarie inexplicable, los ataques inusitados en las ciudades que arden plenas de violencia,  también y como si nada pasara, la belleza del otoño y la placidez del mar que azulea, ajeno a todo lo que nos cae encima.

Afortunadamente tenemos aún la literatura, el sonido de los pájaros cantores que viene y van, el verde intenso de los campos, que florecerán pese a todo.

 

Acabando octubre, nos hemos reunido de nuevo los miembros del CLUB DE LECTURA ÍTACA para comentar la novela corta Memoria de mis putas tristes, del escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez. En él, se narran los últimos días de un anciano que cumple 90 años, vive solo, en la casa familiar, toda su vida ha trabajado y aún lo sigue haciendo para el Diario La paz, contribuyendo puntualmente con su nota dominical. Es melómano empedernido, observador constante y perteneciente a una clase social que, aunque venida a menos, está llena de privilegios. El día de su cumpleaños, quiere escribir no sobre el lamento de la vejez sino sobre la gloria de esta. Para él, la vejez es un estado del alma y aunque mucho tiene que ver con la edad, aparece de manera intermitente mucho antes de los noventa. Desde fuera, dice, la vejez nos va consumiendo el físico y la cabeza; desde dentro, piensa, uno es el mismo. Los pequeños olvidos son reconocibles a partir de los cincuenta y uno, comenta, aprende a vivir con la memoria traspuesta y el cuerpo dolorido.

Este personaje nunca conoció el amor, tan solo se acercó al sexo desde el punto de vista comercial. Pagaba desde los veinte por dormir con mujeres, cientos de ellas han pasado sin pena ni gloria por su vida. Pero ese día, el de su cumpleaños, solo una obsesión le ronda la cabeza, la de pasar la noche con una virgen joven, así que llama por teléfono a la maternal Rosa Cabarcas, que regenta un escondido burdel, y le pide cita.

La primera noche la pasa durmiendo al lado de una niña de 14 años, virgen y pobre, que duerme a su lado tras recibir un sedante.

A partir de aquí, el personaje relata sus amores, casi todos fracasados. Por ejemplo, con la dulce y apuesta Ximena, que lo abandonó el día de la boda, para volver, ya casada, 20 años después; o con Damiana, su fiel mujer de la limpieza, enamorada en secreto y virgen por él. El día en que cumple 90 años, el periódico para el que trabaja le hace una fiesta y es entonces cuando entrega su renuncia, que no es admitida; más tarde lo llama Rosa Cabarcas para preguntarle por qué solo se limitó a dormir con la joven que le proporcionó. Está entonces entregado al dolor de no haber visto a la niña, por la que empieza a sentir amor, y también piensa sobre la vejez. Pasa días melancólicos y decide volverla a ver. La segunda noche pone un nombre a la niña, será Delgadina, y la trata como lo que es: una niña asustada, cansada y pobre. Vuelve solo a dormir con ella. Entonces nota que Delgadina se ha convertido en su primer amor y se obsesiona con su continuo recuerdo. Se nota su soledad enorme y triste. En la gaceta, seguirá escribiendo, pero ahora solo cartas de amor. Únicamente quiere estar con la niña.  Llegando la Navidad, esta desaparece y él enferma por no poder tenerla; para cuando se reencuentran, la mirada de él sobre la pequeña es la de un matrimonio que se entrega.

Ha encontrado la felicidad, la que nunca tuvo en el amor y ese, dice, es el motor que, a pesar de su edad, lo hará inmortal.

Hasta aquí el relato de la historia, bien contada, con un lenguaje ágil, descriptivo, pleno de palabras locales, que representan el espíritu de su localización: una población costera de Colombia. Son las reflexiones sobre el desarrollo de la vejez y el paso solitario por la vida los mejores momentos de la novela, los que nos hacen entender la razón de existir de este personaje que conocemos más cercano a su fin que en el momento pleno de lo que imaginamos claramente que fue. García Márquez muestra aquí su plenitud novelesca, no necesaria de extensión para mostrar su genialidad unánime.

Leer esta historia desde nuestro contexto temporal y geográfico, no deja de lado cierta incomodidad, pues el paso de las mujeres por el libro, apenas tiene voz; no la tiene la niña, de quien apenas conocemos una parte mínima de su origen precario hasta la saciedad, tampoco la tiene la dueña del prostíbulo, vehículo necesario para poner al anciano ante la duda de su existencia, ni siquiera las mujeres que han pasado por su vida desde otra perspectiva tienen voz, pues son solo el medio que nos ayuda a conocerlo desde el pasado.

Pensamos pues en la historia de la literatura y en la presencia de las mujeres prostitutas en ella, así recordamos el enorme libro, adelantadísimo a su tiempo que es La Celestina, de Fernando de Rojas (1499), en nuestra tradición nadie como las prostitutas que viven en él para hacernos ver la importancia necesaria de la osadía y la agudeza para sobrevivir en una época de difícil asiento para el sector femenino. Ellas son la tensión de clases, la moral cuestionada, arquetipo fundacional en nuestra tradición. Celestina representa el poder de la astucia, pero también el dolor de la vejez y la decadencia de una sociedad presta a desaparecer. Con la picaresca asistiremos más tarde a la erótica representación del mundo de los prostíbulos a través de la voz de una cortesana que ha vivido en primera persona los afanes de su laborar. Es La lozana andaluza de Francisco Delicado (1528). Y lo mismo es La pícara Justina, de Salas Barbadillo, que utiliza el engaño a través de sus encantos para sobrevivir en una sociedad muy empobrecida.

Con la llegada de la Ilustración, el enfoque se centrará en la transgresión moral y social igual que en el XIX y XX. Será primero Leandro Fernández de Moratín, quien nos ilustre sobre las andanzas y perspectivas de las prostitutas madrileñas en el dieciocho con su libro El arte de las putas. En el XIX los prostíbulos representarán la cruel degradación del ser humano, y se hará desde el punto de vista del Naturalismo, retrato fiel y sin prejuicios de la vida social de entonces. Una visión mucho más humanista, detallada y profunda la tendremos en los personajes de Galdós y su aclamada Fortunata y Jacinta, que se adentra en los resquicios de la exclusión social y los prejuicios y sumisión femenina para retratarnos también la historia social del Madrid del Realismo.

Es en el siglo XX cuando la crítica se hace mucho más directa, el espacio del burdel significa la alienación social, refugio de perdedores (Camilo José Cela y Paco Umbral).

De la misma manera, en Hispanoamérica, así funciona la perspectiva sobre el tema. La prostituta es reflejo de tensión social, y también es representante de mirada estética.

No en vano, el libro de García Márquez parece haberse configurado ante la inspiración del libro de Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes (1961), donde un anciano, Eguchi, visita una casa secreta en la que los hombres mayores pasan la noche con mujeres jóvenes que están dormidas con sedantes. No las despiertan y tampoco hacen el amor con ellas, solo las miran y reflexionan sobre su vejez, sobre sus experiencias de amor pasadas. Así es con nuestro personaje, lo único distinto es que en esta experiencia él encontrará la razón de vida, que se explica por un enamoramiento que nunca tuvo.

En cualquier caso, en otras novelas y en estas, resulta inquietante notar el paso del tiempo sobre nuestra percepción de la belleza y al final, todo es un aferrarse a la vida a pesar de todo.

El libro de García Márquez, aunque nos incomode saltándose las reglas morales que en nuestro tiempo representan avance y cuestionamiento, no deja de ser un canto a la belleza desde la perspectiva de la degradación del cuerpo y el alma y, en definitiva, nos ayuda a entender cómo funciona sobre el ser humano el paso del implacable camino del tiempo que todo lo arrasa.

No debía haber nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.

La casa de las bellas dormidas, Yasunari Kawabata

(Cita inicial del libro de García Márquez: Memoria de mis putas tristes)