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Nos llega esta leyenda vejeriega de amor y pasión contravenida y desgraciada.

Segunda entrega de VEJER ES LEYENDA

Esta leyenda  transcurre  en Vejer de la Frontera, hace mucho tiempo, en una casa de la calle Rosario, donde vivía Isabel Daza, hija de don Jaime Daza y Cortés. Era una joven buena y hermosa, alegre, pero vivía cerrada a cal y a canto al exterior. Tenía solamente un hueco en las habitaciones superiores y abajo tan solo la puerta y el ventanuco de la cuadra del caballo, que da al callejón de las monjas. Isabel cantaba, reía y las añejas piedras y pretiles parecían avivarse con su voz.

Su padre se casó con Doña Engracia, para no estar solo y para que la pobre niña tuviera un cariño materno. Pero aquella mujer resultó ser insoportable, mala y desagradable. Tenía obsesión por los visillos, el recato y el tapujo. En aquella casa no había lugar para la luz.

Isabel iba a misa cobijada, siempre obligada y además no la dejaban salir a la calle ni para hacer un recado. Isabel consiguió que su padre le abriera un balcón en su habitación, supuestamente para ver las procesiones cuando salía de la parroquia.

Ella disfrutaba como una loca. Puso en el poyete macetas de geranios de vivos colores.

Isabel conocía desde niña a Juan, que vivía en su misma calle, cerca del castillo.

Conforme iban siendo mayores, Juan y sus amigos jugaban al contra, al trompo y a la billarda, y las niñas al corro.

Siempre mantuvieron simpatía y cariño. Todavía chiquillos, Juan le decía que de mayor se casaría con ella y ella se ruborizaba.

Pasado el tiempo, Juan e Isabel se amaban con la mirada. Ambos suspiraban y solo el viento, entrecogido por la calle Rosario, era el cartero de sus anhelos y de sus encendidos besos de amor.

Por la noche, cuando la calle estaba oscura, Juan rondaba bajo el balcón, suspirando ser un geranio de aquellas macetas de sus amores. Isabel, medio dormida soñaba en aquellos solitarios pasos que una y otra vez sonaban en las piedras, latiendo entre los encajes del rebozo, como cuando caían las gotas de lluvia de la canal bajo el tejado.

Mas tanto ir y venir, tanto asomarse al balcón, tanto regar las flores, despertó la curiosidad de Doña Engracia, pero ella seguía asomándose al balcón para escuchar sus pasos. Y la cruel Doña Engracia consiguió de don Jaime, para preservar el honor de la casa y el buen nombre de la doncella tapiara el balcón de la alcoba.

El mundo se vino abajo. Las nubes más oscuras llenaron el cielo. De la tierra desapareció el arco iris, la aurora y el crepúsculo. Todo era noche, dolor y amargura.

Un día le llegó una carta, leyó ávidamente el mensaje: “Amor mío, ya no puedo soportar más este infierno. Mañana domingo ven a misa de gracia. Te sales de la iglesia por la puerta del Panteón después de la comunión. Como si estuvieras indispuesta te echas el manto por la cabeza. Con mi cabello estaré esperándote allí. No lo dudes, huiremos a las montañas. Seremos felices. Dios nos ayudará. Ahora o nunca. Te amo. Juan”

Tras una noche de insomnio, pesadilla y sobresalto, se levantó, preparó lo más imprescindible y dejó en el comedor un papel a su padre: “Te quiero papá, te querré siempre”

Llegó el momento, ella se acomodó en la culata del caballo sobre la grupera. Él la tapo con su capote y la sombra comenzó a bajar por la cuesta de la iglesia hacia la Plazuela. Ambos corazones volteaban como campanas. Sentían el calor de sus cercanías, aturdidos en la realidad de tantos sueños y en tan críticos momentos.

De las muchas cuevas que había por ahí, Juan buscó una al resguardo de la brisa del viento del norte. Pidió ayuda al padre Antonio para que les socorriera y les amparara. Él los casó, y ellos vivieron la más dulce de las vidas posibles en aquellos parajes.

Jamás el amor fue tan tierno y tan dichoso, jamás pareja alguna en todos los tiempos disfrutó tanto en aquella naturaleza tan áspera y tan hermosa, e Isabel quedó embarazada. Juan la cuidaba con mimo y los meses transcurrieron en la más absoluta de las felicidades.

Pero el destino quiso que en el parto murieran Isabel y el niño. Fue una tragedia inmensa la que el hombre sufrió en la soledad de la montaña.

 A la sombra de un fresno en un claro del bosque entre los matorrales les enterró.

Juan se convirtió en el campanero del convento y en hortelano. La campana de bronce latía como si fuera un alma. Sus tañidos tronaban por los barrancos y por las espesuras de los montes. Juan lloraba todos los días con el tañido de sus campanas. Se imaginaba que Isabel, allá en las alturas, oía sus repiques y le escuchaba.

Allá lejos, en el callejón del Rosario de Vejer, la cal del balcón tapiado latía como si una voz le hablara de amor y los geranios se estremecían con el conjuro del rocío de la mañana.

Claudia Ramos  y  Juan Manuel Galván, 1º ESO B.