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- Escrito por David Collis
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Sucede a veces que el caminante aprovecha el desvelo nocturno para madrugar, tomar un café de grano recién molido, preparar la mochila con los trebejos habituales (prismáticos, cámaras de foto, guía de aves…) y marcharse a las inmediaciones de la laguna, adonde llega cuando el sol comienza a despuntar por el Este. Esas primeras horas del día son óptimas para el avistamiento de aves. La luz es cálida y suave y tanto en las tierras de cultivo como en el aire del amanecer percibe el caminante, con agrado, algo prístino y misterioso, inmaculado y seductor; un lento despertar del mundo. Las aves emiten sus primeros cantos, abandonan sus dormideros y comienzan a dispersarse en busca de alimento. Son momentos de máxima actividad que el caminante aprovecha para recoger en algunas instantáneas.
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- Escrito por David Collis
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Se dice el caminante que la emoción es una traviesa paseriforme que en ocasiones le asalta en el camino, juguetea momentáneamente con él y desaparece, dejando en su alma un poso de alegría. Esa emoción suele llegar de la mano del asombro y entonces ambos, emoción y asombro, liberan bruscamente una energía, a modo de resorte, para desplazar al caminante, como si de un peso muerto se tratara, a un lugar donde nunca estuvo y desde donde, tal vez, jamás regrese.
Sucedió así una tarde de finales de agosto en que el levante azotaba con desmedida fuerza la costa del Estrecho. El caminante había salido a pasear para aliviar el aturdimiento en que lo tenían sumido el viento y el calor. Con ese tiempo, a pesar de que llevaba las cámaras y los prismáticos, no esperaba encontrar muchos pájaros en las proximidades de la laguna; por eso le sorprendió ver, repartida por los campos de labranza, una inusitada cantidad de aves esa tarde; estaban todas ellas en el suelo, inmóviles, mimetizadas con los terrones de tierra parda, compacta y seca del período estival.
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La tarde en que el caminante tuvo su encuentro con la cigüeña negra había ido a la laguna para fotografiar garzas reales acompañado de un amigo. Estaba habituado a ver por la zona garzas reales, en la marisma, en los arrozales, sobre las copas de los árboles próximos a los humedales…Ocasionalmente las había encontrado en mitad de un bando de flamencos o junto a otras ardeidas como las garcillas o las garcetas; pero casi siempre las encontraba en soledad, próximas a la vegetación lacustre de las riberas. Tenían un largo, afilado y potente pico de pálida tonalidad rojiza. En alguna ocasión el caminante había contemplado cómo, con un brusco y veloz movimiento de cabeza, introducían el pico en el agua para capturar una incauta presa; pero lo normal era que, como también hacían las limícolas, lo introdujeran en la orilla para remover el fondo y alimentarse de lombrices, crustáceos, moluscos…
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Los gorriones protagonizan la intrahistoria de las aves, se dice el caminante alguna mañana en que, en lugar de salir a fotografiar otras aves en humedales, marismas y campos de labranza, se dirige a un parque de la población y busca un banco donde sentarse y desde donde observar lo que ocurre a su alrededor. Son días de mucho calor, próximo ya el verano, y no es extraño que aparezca en el suelo el cuerpo de algún gorrioncillo muerto, cubierto de hormigas. Algún chiquillo se acerca, golpea suavemente con la punta del zapato el cuerpo del gorrión para ver el desorden de las hormigas y sale corriendo.
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La primera vez que el caminante escuchó hablar del abejaruco fue en el transcurso de una conversación que mantuvo con un grupito de ancianos que solían reunirse en las proximidades de una pista deportiva. Uno de estos ancianos era su vecino Pedro, así que con frecuencia se detenía a hablar con ellos de lo humano y lo divino. Eran conversaciones tan intrascendentes como nutritivas, aliñadas las más de las veces con chascarrillos y divertidas discusiones. Cada abeja vive en su colmena y no se mete en la ajena, dijo uno de los amigos de Pedro antes de soltar una estruendosa carcajada. Habían estado hablando acerca de un rumor que afectaba a un matrimonio joven, recién llegado al barrio, y había dado lugar a que disparatadas especulaciones circularan por la zona…
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- Escrito por David Collis
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Tenía el caminante la costumbre de enviarle a su hijo algunas de las fotografías de aves que hacía durante sus paseos por lagunas, marismas y campos de labranza, caminos que recorrían juntos cuando se daba la ocasión. No siempre esos paseos acababan bien; a veces discutían con la ferocidad emocional de dos críos, a veces regresaban a casa rumiando en silencio la frustración compartida por no haber logrado hacer la fotografía deseada. Ocurrió así una mañana en que, a punto de emprender el camino de vuelta, tuvieron durante unos instantes ante sus ojos la poderosa imagen de lo que parecía ser un busardo ratonero posado sobre una señal de tráfico próxima a la carretera nacional. Bastaron unos instantes de sorpresa e indecisión para que el busardo remontara tranquilamente el vuelo y desapareciera en el cielo como una pompa de jabón.
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