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- Escrito por David Collis
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Durante muchos años el caminante ejerció la enseñanza y fue feliz. Caminaba entonces por los pasillos de los centros educativos como camina ahora por los senderos de marismas y humedales, procurando detener su mirada allí donde hay luz, sin por ello desconocer las zonas sombrías. Sabe que la oscuridad no le permitirá sacar una bonita imagen del mismo modo que sabía entonces que poner el foco de atención en el ruido y los sinsabores le impediría disfrutar de su trabajo como docente. Ahora piensa que ese oficio que tanto amó y del que tanto disfrutó responde de alguna manera a una pulsión por transmitir y compartir conocimientos, valores, experiencias y que esta pulsión forma parte de la naturaleza de cualquier ser vivo… El oficio más antiguo del mundo, le dijo a su hija con cierta sorna una tarde en que se habían acercado a un lugar de las marismas donde anidaban las cigüeñuelas.
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- Escrito por David Collis
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Comenzaba el mes de junio cuando el caminante fue invitado por su amigo Paco a conocer un búcaro que pendía de un emparrado, como un enigmático y silente peso muerto, como un signo de interrogación trazado en el aire limpio de la mañana. Al caminante no le resultaba extraña esa vasija de barro arcilloso utilizada para contener agua fresca, estaba habituado a verla en muchas casas desde pequeño. Le resultaba extraña la actitud entusiasta de su amigo, quien nada más llegar lo animó a sentarse en un banco de madera situado a escasos metros del búcaro. Yo me voy a ir a regar el huerto y a darles de comer a las gallinas; tú quédate ahí, junto a las primaveras rellenas y las alegrías de la casa, le dijo mientras señalaba con la mano un par de jardineras que se encontraban bajo la parra. Le encantaba esa antigua sabiduría de su amigo, su alegre y precisa manera de nombrar la realidad como quien esparce las semillas por un campo de cultivo.
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- Escrito por David Collis
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Pasa mucho tiempo el caminante solo en las marismas y en no pocas ocasiones regresa de ellas con más preguntas que respuestas. Algunas veces intenta encontrarlas, las respuestas, en los libros de ornitología que tiene en su biblioteca; en pocas ocasiones, dado su extremo pudor, acaba llamando a algún amigo pajarero en petición de auxilio. La mayoría de las veces se enreda en desacertadas suposiciones o especulaciones; o en pensamientos tan melancólicos como estériles.
Sucedió así una mañana en que encontró en mitad de un camino de tierra próximo a la marisma una hermosa avecilla que el caminante no tuvo dificultad en identificar porque la había visto no hacía mucho en un libro sobre aves migratorias. Se trataba de una collalba gris macho; tenía el dorso gris azulado, las partes inferiores de color ocre y un antifaz negro, tan característico de las collalbas.
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- Escrito por Jandaguillen
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El caminante dirigió sus pasos una mañana hacia un pinar en cuyo interior se hallaban las ruinas de una ermita visigoda levantada sobre los restos de una antigua villa romana. En alguna ocasión había acudido allí para fotografiar nidos de cigüeñas pero esa mañana seguía el rastro de un ave que, de manera inusitada, andaba por la zona desde hacía unos días. Se trataba de un ibis sagrado que probablemente se había escapado de alguna colección privada y había provocado cierto revuelo entre los pajareros porque esta ave, residente en el África subsahariana, era considerada un ave invasora en Europa; sus desplazamientos migratorios se producían siempre dentro del continente africano.
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- Escrito por David Collis
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Diríase que el caminante, ave poco dada a aventuras migratorias, acostumbra a pasar las noches en dormideros conocidos. En contadas ocasiones se aleja de marismas y humedales cercanos; es, más bien, un humano perezoso y acomodaticio que, roto casi el navío, busca abrigo en puertos seguros y alejados del mar tempestuoso. No pudo decir que no, sin embargo, a la invitación que le hizo un amigo para pasar unos días en una sierra no muy lejana donde habitaba un simpático pajarillo a quien tenía ganas de conocer. Fue así como se vio una mañana de marzo en dirección a un pequeño pueblo asentado en una ladera de montaña y rodeado de bosques de castaños, encinas y alcornoques. A pesar de sus reticencias iniciales, el caminante se sintió bien nada más llegar a aquella diminuta localidad de apenas doscientos habitantes; le agradaban sus calles irregulares y empedradas, la afabilidad de sus gentes, el sonido del agua que fluía por sus arroyos.
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- Escrito por David Collis
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El caminante recordó unos versos de Borges la mañana en que tuvo delante a un alcaudón común, avecilla paseriforme de cabeza teñida de rojo y larga cola. Permaneció quieta sobre un poste que utilizaba de posadero durante unos segundos, suficientes para que el caminante pudiera hacerle algunas fotos. Creía haber leído alguna vez que el nombre le venía del árabe hispánico alqabtún y hacía referencia al considerable volumen de su cabeza en relación con su diminuto cuerpo. Le cruzaba la cara una franja de plumas negras a modo de antifaz que contrastaba hermosamente con el blanco marfil de su garganta, pecho y vientre. No era un ave mosquitera, se alimentaba de escarabajos, saltamontes, lagartijas, otros pajarillos…
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