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- Escrito por David Collis
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Diríase que el caminante, ave poco dada a aventuras migratorias, acostumbra a pasar las noches en dormideros conocidos. En contadas ocasiones se aleja de marismas y humedales cercanos; es, más bien, un humano perezoso y acomodaticio que, roto casi el navío, busca abrigo en puertos seguros y alejados del mar tempestuoso. No pudo decir que no, sin embargo, a la invitación que le hizo un amigo para pasar unos días en una sierra no muy lejana donde habitaba un simpático pajarillo a quien tenía ganas de conocer. Fue así como se vio una mañana de marzo en dirección a un pequeño pueblo asentado en una ladera de montaña y rodeado de bosques de castaños, encinas y alcornoques. A pesar de sus reticencias iniciales, el caminante se sintió bien nada más llegar a aquella diminuta localidad de apenas doscientos habitantes; le agradaban sus calles irregulares y empedradas, la afabilidad de sus gentes, el sonido del agua que fluía por sus arroyos.
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El caminante recordó unos versos de Borges la mañana en que tuvo delante a un alcaudón común, avecilla paseriforme de cabeza teñida de rojo y larga cola. Permaneció quieta sobre un poste que utilizaba de posadero durante unos segundos, suficientes para que el caminante pudiera hacerle algunas fotos. Creía haber leído alguna vez que el nombre le venía del árabe hispánico alqabtún y hacía referencia al considerable volumen de su cabeza en relación con su diminuto cuerpo. Le cruzaba la cara una franja de plumas negras a modo de antifaz que contrastaba hermosamente con el blanco marfil de su garganta, pecho y vientre. No era un ave mosquitera, se alimentaba de escarabajos, saltamontes, lagartijas, otros pajarillos…
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Sucede a veces que el caminante aprovecha el desvelo nocturno para madrugar, tomar un café de grano recién molido, preparar la mochila con los trebejos habituales (prismáticos, cámaras de foto, guía de aves…) y marcharse a las inmediaciones de la laguna, adonde llega cuando el sol comienza a despuntar por el Este. Esas primeras horas del día son óptimas para el avistamiento de aves. La luz es cálida y suave y tanto en las tierras de cultivo como en el aire del amanecer percibe el caminante, con agrado, algo prístino y misterioso, inmaculado y seductor; un lento despertar del mundo. Las aves emiten sus primeros cantos, abandonan sus dormideros y comienzan a dispersarse en busca de alimento. Son momentos de máxima actividad que el caminante aprovecha para recoger en algunas instantáneas.
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Se dice el caminante que la emoción es una traviesa paseriforme que en ocasiones le asalta en el camino, juguetea momentáneamente con él y desaparece, dejando en su alma un poso de alegría. Esa emoción suele llegar de la mano del asombro y entonces ambos, emoción y asombro, liberan bruscamente una energía, a modo de resorte, para desplazar al caminante, como si de un peso muerto se tratara, a un lugar donde nunca estuvo y desde donde, tal vez, jamás regrese.
Sucedió así una tarde de finales de agosto en que el levante azotaba con desmedida fuerza la costa del Estrecho. El caminante había salido a pasear para aliviar el aturdimiento en que lo tenían sumido el viento y el calor. Con ese tiempo, a pesar de que llevaba las cámaras y los prismáticos, no esperaba encontrar muchos pájaros en las proximidades de la laguna; por eso le sorprendió ver, repartida por los campos de labranza, una inusitada cantidad de aves esa tarde; estaban todas ellas en el suelo, inmóviles, mimetizadas con los terrones de tierra parda, compacta y seca del período estival.
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La tarde en que el caminante tuvo su encuentro con la cigüeña negra había ido a la laguna para fotografiar garzas reales acompañado de un amigo. Estaba habituado a ver por la zona garzas reales, en la marisma, en los arrozales, sobre las copas de los árboles próximos a los humedales…Ocasionalmente las había encontrado en mitad de un bando de flamencos o junto a otras ardeidas como las garcillas o las garcetas; pero casi siempre las encontraba en soledad, próximas a la vegetación lacustre de las riberas. Tenían un largo, afilado y potente pico de pálida tonalidad rojiza. En alguna ocasión el caminante había contemplado cómo, con un brusco y veloz movimiento de cabeza, introducían el pico en el agua para capturar una incauta presa; pero lo normal era que, como también hacían las limícolas, lo introdujeran en la orilla para remover el fondo y alimentarse de lombrices, crustáceos, moluscos…
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- Escrito por David Collis
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Los gorriones protagonizan la intrahistoria de las aves, se dice el caminante alguna mañana en que, en lugar de salir a fotografiar otras aves en humedales, marismas y campos de labranza, se dirige a un parque de la población y busca un banco donde sentarse y desde donde observar lo que ocurre a su alrededor. Son días de mucho calor, próximo ya el verano, y no es extraño que aparezca en el suelo el cuerpo de algún gorrioncillo muerto, cubierto de hormigas. Algún chiquillo se acerca, golpea suavemente con la punta del zapato el cuerpo del gorrión para ver el desorden de las hormigas y sale corriendo.
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