Pasa mucho tiempo el caminante solo en las marismas y en no pocas ocasiones regresa de ellas con más preguntas que respuestas. Algunas veces intenta encontrarlas, las respuestas, en los libros de ornitología que tiene en su biblioteca; en pocas ocasiones, dado su extremo pudor, acaba llamando a algún amigo pajarero en petición de auxilio. La mayoría de las veces se enreda en desacertadas suposiciones o especulaciones; o en pensamientos tan melancólicos como estériles.
Sucedió así una mañana en que encontró en mitad de un camino de tierra próximo a la marisma una hermosa avecilla que el caminante no tuvo dificultad en identificar porque la había visto no hacía mucho en un libro sobre aves migratorias. Se trataba de una collalba gris macho; tenía el dorso gris azulado, las partes inferiores de color ocre y un antifaz negro, tan característico de las collalbas.
Recordaba el caminante haber leído que su nombre científico (Oenanthe oenanthe) lo tomaba del griego clásico οἶνος (vino) y ἄνθος (flor), dado que la collalba gris solía aparecer en los países del mediterráneo avanzada la primavera, cuando las vides comenzaban a florecer. El nombre común con que era conocida (collalba) aludía claramente al color blanco de la base de su cola. Pero al caminante no era el nombre lo que le inquietaba aquella mañana de abril sino la simple presencia de la collalba. Estaba habituado a ver bandos de aves migratorias en las marismas, pero no era frecuente encontrar un ejemplar solitario. Le conmovía pensar en el extraordinario esfuerzo que esa pequeña ave, de apenas 30 gramos, y procedente del Africa subsahariana, tendría que realizar durante el vuelo prenupcial hasta llegar a su destino, en el Norte de Europa, donde tenía sus áreas de cría; la imaginaba volando por la noche, bajo la luz de las estrellas, cruzando países al dictado de un comportamiento fijado genéticamente. Qué hermoso misterio, se dijo el caminante.
Segundos después, atrapado en un súbito pensamiento melancólico, el caminante se preguntó si merecía la pena tanto esfuerzo, tanta fatiga, tanto riesgo…En ese momento la collalba gris, a modo de respuesta, alzó el vuelo. El caminante se quedó observando el blanco puro del obispillo y de las plumas laterales, un blanco que contrastaba con las plumas negras del centro de la cola. Aquella mañana el caminante no regresaría sin respuesta; claro que merecía la pena. A pesar del esfuerzo y a pesar del riesgo que siempre entrañaba, merecía la pena emprender el vuelo y seguir adelante. La belleza siempre merece la pena, se dijo el caminante mientras abandonaba las marismas.
