Aun a riesgo de mostrar sus debilidades, el caminante jamás ocultó que en su relación con las aves tenía más peso la parte emocional que la del conocimiento y eso le permitía acercarse a marismas y humedales con franqueza, buscando un encuentro con las aves que era, de alguna manera, un encuentro consigo mismo, con sus estados del yo adulto en ocasiones, del yo niño la más de las veces. Y en algún caso, por qué no, con el joven que algún día fue.
Así ocurrió una tarde en que se halló frente a un juvenil de canastera.
No le resultó difícil diferenciarlo del adulto que se encontraba a unos metros de él porque carecía del dorso marrón liso de estos y del llamativo babero crema perfilado por una línea negra. Además, el patrón de su plumaje no era liso sino moteado. El caminante tenía la impresión de que su cola, ahorquillada, era más corta y el pico no mostraba la base roja brillante tan característica de los adultos reproductores. Mostraba un aspecto saludable, fuerte, brioso; en unas semanas ese joven realizaría, integrado en el bando de los adultos, la que probablemente fuera su primera gran migración hacia los cuarteles de invernada en el África subsahariana. Era un largo viaje que cubriría haciendo paradas en humedales y zonas agrícolas para descansar y alimentarse, un viaje lleno de crecientes amenazas y dificultades: el avance de la desertificación, la pérdida de humedales y zonas agrícolas, la caza ilegal, los pesticidas, los tendidos eléctricos…una Odisea en el mundo del siglo XXI en la que lotófagos, sirenas, lestrigones o cíclopes habían sido sustituidos por un único pero terrible antagonista, el ser humano. Aun así, las canasteras, como tantas otras aves, seguirían respondiendo a una poderosa llamada interior que provocaba un estado de agitación, de nerviosismo en los días previos: el zugunruhe.
Aquella tarde de finales del verano el caminante portaba una pequeña silla plegable que le habían regalado unos amigos, conocedores de sus largos paseos por marismas, humedales y campos de labranza a la búsqueda de imágenes e historias que les contaran las aves; la sacó de la funda negra donde estaba metida, la desplegó y se sentó a observar al juvenil de canastera. Hubo un tiempo en que yo también fui joven, le dijo en tono burlón señalándola con el dedo índice, y de alguna manera también experimenté ese zugunruhe que tu vas a sentir en pocas semanas, jovencita.
El caminante había ejercido la docencia durante muchos años y siempre le fascinó la justa relación de reciprocidad que se establecía entre adultos y jóvenes, el quid pro quo de un oficio en el que, a cambio de conocimientos, valores, orientaciones, se recibía la descomunal fuerza vital que crepitaba en las miradas, en los movimientos, en las palabras no siempre acertadas, justas o bien manifestadas de los jóvenes. Apartado ya del oficio, conservaba el caminante grata memoria de aquellos años y aún se conmovía al contemplar, como aquella tarde en las marismas frente al juvenil de canastera, a aquellos que estaban a punto de iniciar un largo viaje de migración que habría de llevarlos por primera vez, a tierras tan lejanas como desconocidas. Zugunruhe se dijo el caminante momentos antes de iniciar el regreso a sus cuarteles de invierno.
